La excelencia es en general una meta, más o menos aprehendida para cada uno de nosotros. Sin embargo, me parece que la mediocridad acecha y ella en sí misma, tiene estándares de excelencia. Parece no descansar nunca, siempre está allí, tentándonos y casi induciéndonos, con este nivel de persistencia, resulta muy fácil caer presa de la mediocridad. Sin dudas, tiene muchas armas y muchos aliados, creo que se destacan la indolencia; el cansancio, sobre todo el cansancio espiritual; el facilismo; la soberbia y otras más…
A nivel personal, creo que la falta de motivación es un factor decisivo a la hora de dejarse llevar por la mediocridad. ¿Para qué ser excelente cuando el entorno ni siquiera se da cuenta de que existe tal concepto? Sin embargo, ahí deberían entrar en escena otros personajes, vinculados a la fortaleza y a los ideales. ¿Es tan difícil dejarlos participar?.
Ahora, a nivel “institucional”, si alguno de los integrantes de esa institución no tiene incorporado el concepto de excelencia o bien no lo demuestra, hace que lo que se perciba sea mediocridad, la falta de esa proclamada excelencia. Qué importante entonces resulta que “la manzana podrida” sea identificada y removida a tiempo…o en este caso, donde hablamos de personas, en vez de ser removida, se podría y se debería tratar de recobrar a quien falla.
De otra manera, si no revisamos hacia adentro, si no queremos ver lo que nos está pasando, tanto a nivel individual como a nivel institucional, nos quedamos en la posibilidad cierta de la ocurrencia de una sucesión de hechos desafortunados, que no devendrían de haber tomado conciencia (a tiempo) y con una pequeña corrección se podría haber evitado.
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